
Consumismo es un término que se utiliza para describir los efectos de igualar la felicidad personal a la compra de bienes .
En abril de 1954 salimos del enclaustro de una pieza alquilada en el barrio de Villa Luro en la Capital Federal, para disfrutar de esa casa muy humilde, construida sobre un lote comprado en 154 cuotas, en Villa Elisa, La Plata. Allí aprendí a madrugar sin rezongos, con alegría. A luchar cada minuto de cada día, estudiando, criando animales, buscando en el sudor el fruto de la tierra trabajada con amor, a pala y rastrillo. A disfrutar el canto libre de los pájaros, el color y el aroma de las flores, el sabor de una fruta o una verdura recién cosechada de la planta que vi crecer desde la semilla (¿conocen el sabor de un tomate madurado en "su" sitio natural?). Allí pude ver nacer el ternero o el cordero y a la coneja pelarse preparando su nido ante la parición inminente.
Y qué confort que teníamos! ¿Aire acondicionado? ¡Claro que sí! En verano, la sombra de algún árbol durante el día o la bendición de una fresca brisa por las noches. En invierno, las hornallas a fondo, el "sol de noche" (porque no había luz eléctrica) y el viejo y querido "Bram-metal" que oficiaba de estufa, de secarropas y también de cocina cuando se terminaba el gas de la garrafa. ¿Pileta de natación? Por supuesto que sí. El arroyo que pasaba a dos cuadras juntaba a los pibes del barrio a la hora de la siesta sin el riesgo de aguas contaminadas. ¿Shopping y tarjeta de crédito? Obvio que tuvimos también, pero antes en el campo tenía un nombre más criollo, más nuestro, se llamaba "Almacén de ramos generales" y el crédito no era de plástico, era de palabra, sin firmas, sin garantías.
"De una almendra siete pedazos", decía mi abuela. "Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita", repite un viejo adagio. Cuántas enseñanzas de la vida nos invitan a arreglarnos con lo que tenemos, lejos de las ambiciones desmedidas. Dios puso a cada uno de nosotros en el lugar que ocupamos.
RELATO perteneciente a Carlos Marsal (http://weblogs.clarin.com/puebloapueblo/archives/2008/07/de_que_pobreza_me_hablan.html)
En abril de 1954 salimos del enclaustro de una pieza alquilada en el barrio de Villa Luro en la Capital Federal, para disfrutar de esa casa muy humilde, construida sobre un lote comprado en 154 cuotas, en Villa Elisa, La Plata. Allí aprendí a madrugar sin rezongos, con alegría. A luchar cada minuto de cada día, estudiando, criando animales, buscando en el sudor el fruto de la tierra trabajada con amor, a pala y rastrillo. A disfrutar el canto libre de los pájaros, el color y el aroma de las flores, el sabor de una fruta o una verdura recién cosechada de la planta que vi crecer desde la semilla (¿conocen el sabor de un tomate madurado en "su" sitio natural?). Allí pude ver nacer el ternero o el cordero y a la coneja pelarse preparando su nido ante la parición inminente.
Y qué confort que teníamos! ¿Aire acondicionado? ¡Claro que sí! En verano, la sombra de algún árbol durante el día o la bendición de una fresca brisa por las noches. En invierno, las hornallas a fondo, el "sol de noche" (porque no había luz eléctrica) y el viejo y querido "Bram-metal" que oficiaba de estufa, de secarropas y también de cocina cuando se terminaba el gas de la garrafa. ¿Pileta de natación? Por supuesto que sí. El arroyo que pasaba a dos cuadras juntaba a los pibes del barrio a la hora de la siesta sin el riesgo de aguas contaminadas. ¿Shopping y tarjeta de crédito? Obvio que tuvimos también, pero antes en el campo tenía un nombre más criollo, más nuestro, se llamaba "Almacén de ramos generales" y el crédito no era de plástico, era de palabra, sin firmas, sin garantías.
"De una almendra siete pedazos", decía mi abuela. "Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita", repite un viejo adagio. Cuántas enseñanzas de la vida nos invitan a arreglarnos con lo que tenemos, lejos de las ambiciones desmedidas. Dios puso a cada uno de nosotros en el lugar que ocupamos.
RELATO perteneciente a Carlos Marsal (http://weblogs.clarin.com/puebloapueblo/archives/2008/07/de_que_pobreza_me_hablan.html)
1 comentario:
Me parece que esto (no conozco el autor) viene a cuento del relato de Carlos Marsal, y coincido en todo
Para Pensarlo...”
Hoy tenemos edificios mas altos y autopistas más anchas,
pero temperamentos más cortos y puntos de vista más estrechos.
Gastamos más, pero disfrutamos menos.
Tenemos casas más grandes, pero familias mas chicas.
Tenemos más conocimientos, pero menos criterio.
Tenemos más medicinas, pero menos salud.
Hemos multiplicado nuestras posesiones, pero hemos reducido nuestros valores.
Hablamos mucho, amamos poco y odiamos demasiado.
Tenemos más compromisos, pero menos tiempo
Hemos llegado a la Luna y regresamos, pero tenemos problemas para cruzar la calle y conocer a nuestro vecino.
Hemos conquistado el espacio exterior pero no el interior
Tenemos mayores ingresos, pero menos moral....
Estos son tiempos con más libertad, pero menos alegría....
Con más comida, pero menos nutrición….
Son días que llegan dos sueldos a casa, pero aumentan los divorcios.
Son tiempo de casas más lindas, pero más hogares rotos.
Por todo esto, propongo que de hoy en adelante;
No guardes nada “Para una ocasión especial”, porque cada día que vivas es una ocasión especial.
Busca a Dios, aprende a conocerle, lee más, sientate en la terraza y admira la vista sin fijarte en las malas hierbas.
Pasa más tiempo con tu familia y con tus amigos, come tu comida preferida, visita los sitios que ames.
La vida es una sucesión de momentos para disfrutar, no es solo para sobrevivir.
Usa tus copas de cristal, no guardes tu mejor perfume, usalo cada vez que te den ganas de hacerlo.
Las frases “Uno de estos días”, “Algún día”, quítalas de tu vocabulario.
Escribamos aquella carta que pensabamos escribir, “Uno de estos días”.
Digamos hoy a nuestros familiares y amigos, cuánto los queremos
Por eso, no retardes nada que agregaría risa y alegría a tu vida.
Cada día, hora, y minuto son especiales....
y no sabes si pudiera ser el último...
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